16 feb 2026

La bancarización en medio de la tormenta electroenergética

En estos tiempos que corren nos encontramos ante una paradoja que define con cruel precisión el momento que vive Cuba, y particularmente ciudades como Manzanillo. 

Por un lado, tenemos una crisis energética y de combustible que paraliza el transporte, que apaga la ciudad durante horas y que nos obliga a racionar hasta el último recurso. 

Y por otro nos encontramos inmersos en un proceso de bancarización que, aunque necesario en teoría para la modernidad, se convierte en un obstáculo casi infranqueable cuando se aplica sobre un territorio donde es insuficiente la infraestructura básica.

La escasez de combustible no es solo un problema de transporte; es el detonante que ha puesto en jaque a los servicios vitales. 
Los médicos enfrentan dificultades para llegar a sus consultorios, los trabajadores no pueden ir a sus fábricas, y la cadena de suministro de alimentos se hace más que difícil. 

Y es precisamente en este contexto de reajuste donde el sistema financiero digital pretende funcionar a pleno rendimiento, es por ejemplo como querer navegar en internet con un generador que se apaga cada cuatro horas.

En una sociedad del tercer mundo que se ha empeñado, a veces con más voluntad que recursos, en digitalizar los servicios bancarios, las dificultades se multiplican.
 Hablamos de decenas de miles de hombres y mujeres: trabajadores, jubilados, amas de casa, y pequeños emprendedores.

 Para ellos, tener el dinero en una tarjeta magnética no es un problema menor cuando la red eléctrica falla y cuando los pocos cajeros automáticos disponibles en la ciudad se convierten en una odisea.

Pero la crisis no termina ahí. La falta de combustible también afecta a los habitantes de las comunidades rurales ¿Cómo hace por ejemplo un campesino de cualquier barrio o consejo popular rural para desplazarse hasta la ciudad a manipular su dinero virtual? ¿Cómo convierte ese saldo intangible en vienes o servicios que necesita con urgencia? La brecha digital aquí no es solo una cuestión generacional; sino una brecha geográfica y energética.

Y luego está el otro gran problema, que es el de la aceptación en los negocios, tanto estatales como privados, que a menudo rechazan el pago en línea o la transferencia.
 
La explicación, que todos conocemos, es que luego no pueden disponer de ese efectivo, y es cierto, el banco no puede responder a la demanda de dinero que tanto necesitan para pagar a proveedores y comprar mercancía, aunque también es una forma de evadir controles financieros.

 Esto ha generado una distorsión peligrosa y es que el efectivo se ha convertido en un arma de doble filo, incluso entre los propios ciudadanos, cuando se quiere pagar una deuda, el que tiene el dinero en la mano te puede hasta impone condiciones. 

Hemos sabido por diferentes vías incluso con experiencia personal cómo se exige un recargo del diez, quince o hasta veinte por ciento por aceptar una transferencia. 
Ya esto no es bancarización, es una forma moderna de extorsión, una manipulación que evidencia el desesperado valor que ha adquirido el billete físico.

Qué distinto sería si todos hiciéramos un ejercicio colectivo de confianza, imaginemos por un momento que entre manzanilleros, granmenses, cubanos, normalizáramos el pago electrónico para todo, desde comprar un colada de café en la esquina del barrio hasta pagar un servicio. 

Si el dinero fluyera de manera digital, sin necesidad de convertirlo constantemente en efectivo, miles de personas resolverían sus necesidades más apremiantes sin tener que hacer largas colas o pagar comisiones abusivas, porque la bancarización debería ser una herramienta de liberación, y no un nuevo mecanismo de exclusión.

Pero no podemos ignorar el contexto geopolítico pues hoy esta crisis del combustible no es un fenómeno meteorológico. 
Es una condición impuesta, con una presión más en el bloqueo que se recrudece, es, como dijera la canción, el gobierno del "cara pálida" apretando las tuercas para generar una situación humanitaria al límite.

 Y aunque las dimensiones sean distintas, el patrón es el mismo que hemos visto en otras latitudes: asfixiar a un pueblo para doblegarlo, cómo ocurre, en Gaza, y ahora lo tenemos en el Caribe.
Por eso, ante esta nueva prueba, tenemos que entender quién es el verdadero enemigo, no son nuestros vecinos del barrio, tampoco los que, como nosotros trabajan para poner un plato de comida en la mesa. 

No podemos permitir que la escasez nos convierta en lobos los unos contra los otros, subiendo precios de manera especulativa, fomentando el individualismo y el egoísmo, todos somos y sabemos que el cubano se crece ante la adversidad, y esta no será la excepción, pero no aprovechándose de la situación.
La soberanía no se negocia, y la unidad es la única arma que tenemos para enfrentar esta tormenta.

 La bancarización puede ser un instrumento si aprendemos a usarla entre nosotros, pero tenemos que dejar fluir la solidaridad digital. 
No olvidemos que, como reza el refranero popular, Dios pone las pruebas más duras a sus mejores guerreros. 

Y aunque el camino sea empinado, la historia demuestra que este pueblo sabe levantarse.
Desde Manzanillo, y para Cuba toda: el reto es grande, pero mayor es nuestra voluntad de vencer.

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