31 ago 2026
La familia es la primera escuela y la escuela es la segunda familia
27 jul 2026
Manzanillo: el desafío de no desmontar el espíritu del 26
Los días precedentes fueron de mucho ajetreado, de constantes Chequeos de autoridades y de varios medios de prensa reportando el brillo de la gran jornada, el discurso encendido o la masividad de la plaza, pero hoy, desde Manzanillo, la reflexión apunta a la semana siguiente.
Esta ciudad, la segunda en importancia de la provincia Granma, acaba de vivir la efervescencia de ser sede central por el aniversario 73 del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Y la pregunta en el ambiente no es si la conmemoración fue exitosa, que lo fue, , sino qué pasa ahora con el motor que se encendió.
Lo que vimos en estos días previos fue un movimiento inusual, de muchos hombres y mujeres de empresas, organismos, instituciones y, sobre todo, el pueblo, se volcaron a las calles con un objetivo común, de mejorar el territorio con el milagro de los escasos recursos.
Y No hubo espera pasiva, ni brazo cruzado, pues el orgullo y necesidad de mostrar una imagen diferente de Manzanillo movilizó conciencias y manos.
Se pintaron y remozaron fachadas, se limpiaron calles, y aunque no fue suficiente, Si se trabajó fuerte, pero lo más importante aún es que se trabajó con inteligencia y con el único capital que nunca falta cuando hay voluntad, el capital humano.
Sin embargo, el verdadero reto comienza ahora y sería un error imperdonable, que el 24 de julio, tras la conmemoración en la plaza Celia Sánchez Manduley, desmontar ese andamiaje de fuerzas, sería caer de nuevo en la inercia del inmovilismo, y desperdiciar el combustible del entusiasmo.
Manzanillo no puede permitirse volver a la espera de orientaciones que vienen de lejos o de recursos que nunca llegan, porque la fórmula no es pedir; la fórmula es empujar, y asi lo logrado en estas semanas debe ser el punto de partida, y no una meta.
Porque la transformación de una ciudad no se mide por lo que se hace en vísperas de una fecha patriótica, sino por la constancia con que se mantienen esos logros en el tiempo.
Si después de lo alcanzado desmontamos las fuerzas, entonces el espíritu de cambio habrá sido en vano. No es suficiente luchar un día o una seman. La historia nos enseña que las grandes gestas no se forjan en el ímpetu pasajero, sino en la perseverancia cotidiana.
Por eso, el llamado es a seguir transformando desde el barrio, desde el centro de trabajo, o la escuela. Se trata de que cada manzanillero entienda que la imagen de su ciudad, esa que mostraron con orgullo a los visitantes, depende de un esfuerzo que no puede tener días de descanso. Solo así se forja el ejemplo, y solo de esa manera el pueblo se siente guiado por una causa común.
Como dijera nuestro Apóstol José Martí: "No hay nada más difícil que el deber de ser útil, y no hay nada más hermoso que cumplirlo." Manzanillo cumplió en estas jornadas. Pero la utilidad, la verdadera utilidad, está en convertir este momento en un hábito.
No permitamos que el polvo del olvido cubra lo que el sudor del pueblo logró limpiar. Que el 26 de julio no sea un espejismo, sino el espejo donde Manzanillo se mire todos los días para seguir siendo, orgullosamente, la ciudad que supo levantarse con sus propias manos. Porque el tiempo no espera, y la transformación, como la libertad, se defiende y se construye cada mañana.
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Morirse en estos tiempos duele dos veces
En nuestro país, la tradición del velorio como un acto solemne de último adiós se mantiene en su esencia, lo que puede variar es el escenario, entre la funeraria y la vivienda según desee el familiar por diferentes circunstancias.
Hasta ahí todo funciona como debe ser según las normas, sin embargo a raíz de la compleja situación económica que vivimos, este momento de tristeza a sufrido modificaciones por el encarecimiento y escasez de muchos recursos.
Por ejemplo lo que era habitual y parte de la espera para despedir al difunto, era algún servicio gastronómico como café, o cigarros, pero ahora se torna difícil incluso para conseguir lo mínimo indispensable.
Y precisamente ese es el tema, la cosa es que morirse en estos tiempos duele dos veces, primero por la partida de un ser querido y segundo por la odisea que debe atravesar la familia antes, durante y hasta para darle sepultura.
Lo que en otros tiempos podía ser un trámite doloroso pero organizado, se ha convertido en una prueba que agrava ese momento difícil y prueba los límites de la resiliencia en las personas.
Sin embargo, detrás del proceso fúnebre y el consuelo de las condolencias, se encuentra un laberinto de corre corre y de incertidumbre que comienza en el instante mismo del fallecimiento.
El primer tropiezo, tan increíble como angustiante, es el ataúd, familias en Manzanillo cuentan de la espera de horas, en medio del dolor más lacerante, por la llegada de un féretro, y encima con una calidad, en el mejor de los casos, descrita como pésima.
La madera frágil, los acabados groseros y la sensación de que el último lecho no es digno, añaden una capa de amargura a la despedida.
Pero la odisea no hace más que empezar, lo que antaño era una carroza fúnebre, hoy puede ser cualquier cosa con ruedas; un camión, una guagua (bus), la carreta de un tractor o incluso el remolque de un auto.
Ello hace que el traslado del difunto al cementerio se transforme así en una imagen cruda de precariedad, un último viaje que refleja la crisis, de un transporte idóneo que no está y la severa escasez de combustible e insumos que limitan la producción estable de los elementos básicos, como las propias cajas mortuorias.
Ya una vez allí, en el lugar del descanso eterno, continúa el problema, faltan materiales de construcción como cemento, arena, o ladrillos que impide sellar nichos, tumbas o bóvedas con la dignidad y permanencia requeridas y que en muchos casos debe llevar la familia.
Y como si fuera poco se añade el descuido en el mantenimiento de los cementerios, lo que completa un cuadro de abandono que ofende a los vivos y a los muertos.
Este es un tema sensible, un asunto que, tarde o temprano, tocará a todas las familias, y aunque se conoce de esfuerzos y preocupaciones de las autoridades aun no son suficientes; el doloroso suceso que significa hoy morirse en Manzanillo como en muchas partes del país clama por acciones urgentes.
Se requiere redoblar esfuerzos, buscar alternativas, destinar recursos y, sobre todo, aplicar exigencias para que este calvario funerario se convierta, más temprano que tarde, en un mal recuerdo, para que el último adiós no sea, también, la primera pesadilla.
