1 mar 2026

En teoría, es justo pero en la práctica, es inviable

 La distancia duele y mucho, y en Manzanillo, esa herida se siente en el bolsillo y en la mesa de cada ciudadano, mientras el gobierno de Estados Unidos endurece el cerco, con una declaración que tilda a Cuba de amenaza, la isla entera se asfixia, pero aquí, en el oriente cubano, esa asfixia se vive de otra manera.

Y es que en los últimos meses, el abastecimiento de productos básicos como el pollo, el aceite, la harina o los picadillos descansa, en gran medida, sobre los hombros del sector privado.

Son esos emprendedores los que se juegan el capital para traer los contenedores desde el puerto de Mariel, principal puerta de entrada de mercancías al país y que, está a más de ochocientos kilómetros de Manzanillo, y en el medio convive un monstruo como es el costo del combustible y el transporte.

Hoy, traer un solo contenedor hasta esta ciudad puede costar hasta tres millones de pesos, una cifra astronómica que, inevitablemente, termina pagando el pueblo en el mostrador. 

Y La pregunta es obvia ¿cuánto tiempo puede resistir esta cadena?
Porque aquí surge una paradoja cuestionable y es que, el Ministerio de Finanzas y Precios topa los productos de primera necesidad con un mismo precio para todo el país.

En teoría, es justo pero en la práctica, es inviable, porque al parecer nadie tuvo en cuenta que llevar ese contenedor a la capital cuesta una fracción de lo que cuesta traerlo a oriente.

 La ley es la misma, pero el sacrificio no. 
Y entonces, el emprendedor que gasta millones en transporte se ve obligado a subir los precios para no quebrar, pero si lo hace, cae en violación de precios. Y Es una trampa de doble filo.

La consecuencia ya la estamos viendo: muchos pequeños empresarios están repensando sus negocios, algunos han optado por vender sus contenedores en provincias más cercanas a la capital, y es lógico. 

¿Quién va a invertir para perder? Pero el resultado es que Manzanillo se queda sin ofertas, la escasez se vuelve crónica y los precios, inalcanzables para la mayoría.

Mientras tanto, el cerco exterior no cesa, porque las medidas del gobierno estadounidense se extienden en el tiempo, ahogándonos lentamente, pero si el enemigo está lejos, la solución debería estar cerca, y aquí urge una acción inmediata.

Es momento de que Gobierno y empresarios se sienten en la misma mesa, no como adversarios, sino como hijos de un mismo pueblo que se está quedando sin alimentos.

Hay que repensar lo que antes funcionó, hay que buscar alternativas ante las limitaciones del combustible y del transporte, para traer la comida, o ajustar las políticas de precios a la realidad geográfica de este país, que no empieza y termina en La Habana.

Y mientras se buscan esas soluciones, los cuerpos de inspección tienen la tarea pendiente de orientar, no se trata solo de multar al que vende caro porque el flete le costó millones, se trata de informar al pueblo, de explicarle por qué el plato de comida vale lo que vale en este contexto de guerra económica, y conste que no abogamos por precios desmedidos.

Lo dijo nuestro Apóstol: "Patria es humanidad". Y la humanidad hoy, en Manzanillo, significa entender que el bloqueo nos golpea a todos, pero no a todos por igual.

Sin solidaridad y sin diálogo, la escasez no hará más que ampliar las filas de la vulnerabilidad. Porque cuando el alimento deja de llegar, no hay declaración política que calme el hambre, y en Manzanillo, el bloqueo no es solo una noticia internacional, se refleja en la mesa al final del día.

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