26 mar 2026

Para que el corazón de Manzanillo vuelva latir al ritmo de su gente

Lo que antes era una coreografía casi ritual, con hombres y mujeres paseando en direcciones opuestas buscando el amor o simplemente el fresco de la tarde, se ha convertido en una pista de obstáculos. 

Y es que el Parque Carlos Manuel de Céspedes, el más céntrico y bonito de Manzanillo, parece haber olvidado su vocación original, ya las quejas y preocupaciones de muchos no son nuevas, sin embargo el descuido gana terreno.

Ya las familias que buscan un espacio seguro para que los pequeños den sus primeros pasos se encuentran con la velocidad de una bicicleta o uno o varios patinadores.

Por su parte los adultos mayores, que buscan un banco para descansar a recordar sus mejores momentos o admirar la arquitectura de La Glorieta, ese monumento nacional que engalana la plaza,, lo hacen con la tensión de quien teme ser derribado o golpeado por una pelota de fútbol en cualquier momento.

Es aquí donde surge la pregunta obligada; ¿Dónde está el límite entre el esparcimiento juvenil y el derecho al disfrute de la mayoría? 

Este espacio no es una instalación deportiva ni una pista de patinaje, es un bien común, un museo vivo al aire libre, y su uso debe estar a la altura de su significado histórico, y no se trata de criminalizar la juventud, sino de educar la mirada.

Quizás el problema de fondo no sea solo la pelota o la patineta, sino la desconexión de las nuevas generaciones con el valor simbólico del suelo que pisan.

 ¿Sabrán esos adolescentes que entre ésas cuatro esquinas y alrededor de esa glorieta se ha tejido gran parte de la historia social y cultural de Manzanillo?

La medida de la responsabilidad, decía nuestro Apóstol José Martí, está en lo extenso de la educación, y esa educación empieza en casa. 

No es posible que padres y madres ignoren lo que sus hijos hacen en el parque, y permitir que conviertan un área de socialización en un campo de destrezas es fallar en la primera línea de la formación ciudadana.

Pero la responsabilidad también es colectiva, pues toca a las instituciones culturales, a los historiadores, a los vecinos, y a los medios, recordar constantemente que el Parque Carlos Manuel de Céspedes es, ante todo, un lugar para el sosiego, para el romance, y el paseo contemplativo, y para nada una cancha, ni un velódromo improvisado.

De no mediar una toma de conciencia, el riesgo de un accidente fatal es una posibilidad latente, pero más allá del daño físico, está el daño espiritual por la pérdida de un espacio que nos pertenece a todos. 

Recuperar el parque no es solo una cuestión de orden público, es un acto de memoria, de respeto a la tradición y, sobre todo, de garantizar que las futuras generaciones hereden un lugar donde aún se pueda pasear en círculos, mirar la Glorieta y, quién sabe, encontrar el amor, sin el sobresalto de un pelotazo o un atropello.

Para que el corazón de Manzanillo vuelva a latir al ritmo de su gente, debe hacerlo sin prisa y sin tropiezos, un tema que sin duda requiere la atención de todos. 

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