14 may 2026

Pan, maloja y bloqueo: Un 2026 cuesta arriba para el campo cubano

Guarda pan para mayo y maloja para tu caballo, ese viejo refrán popular, que nuestros abuelos repetían como regla de vida, resume una sabiduría esencial para prever los tiempos difíciles.

 Porque mayo, históricamente, es el mes de más escasez en los campos cubano; Termina la seca, las lluvias tardan en consolidarse y los cultivos están en fase de crecimiento, y no de cosecha.

Pero, ¿qué pasa cuando a esa carencia cíclica se le añade el bloqueo de combustible? Pues que ni pan, ni maloja, ni esperanza para el resto del año. 

Y eso es justo el escenario que augura un 2026 mucho más complejo para la producción de alimentos agrícolas en Cuba.

Hace apenas unos días escuchaba a un productor de arroz en Manzanillo, no pedía nada extraordinario, solo señalaba el alto precio y la escasez del combustible que atan de pies y manos las mejores intenciones. 

Y ojo, no hablamos de falta de voluntad, hablamos de cuestiones básicas, pues un tractor necesita diésel, y un camión que traslade la cosecha también.

Cuba es, por vocación y necesidad, un país netamente agrícola, pero hoy, trabajar la tierra exige mucho más que sacrificio y consagración. 

Exige recursos cuantiosos, y por más que apostemos a la tracción animal, que tiene su lugar, nunca será comparable con la mecanización necesaria para extraer la riqueza del suelo y compartirla con todos.

Esto, que parece un problema técnico, es en realidad una de las consecuencias más crueles y silenciosas del bloqueo de Estados Unidos y no es un eslogan, es estrangulamiento. 

Porque sin combustible no hay siembra, no hay cosecha, no hay transporte, y el silencio geopolítico cómplice de esta guerra económica ahoga cualquier intento de despegue.

Aclaremos algo, que en mayo haya baja producción no es exclusivo de Cuba; en cualquier país según el hemisferio, la estación seca o el invierno imponen pausas. 

La diferencia está en la capacidad de respuesta, mientras otros adoptan estrategias de almacenamiento, financiamiento y mecanización, aquí nos enfrentamos a un hecho agravante; la mayor potencia bélica del mundo no solo amenaza, sino que asfixia día a día la entrada de combustible, fertilizantes y piezas de repuesto.

Esta no es una crisis más, es una guerra económica con enemigos visibles fuera y, hay que decirlo, también con lastres internos, porque también existe aquel que solo critica, que rara vez aporta, y a veces nos golpea una toma de decisiones inoportuna que complica aún más el panorama.

De lo que se trata aquí no es de alarmar, sino de vislumbrar, porque si en los próximos meses no hay un cambio en el ambiente geopolítico, el 2026 puede ser más complejo que todo lo vivido hasta ahora, y no es pesimismo, es lectura de la realidad.

Y como dijera José Martí, que tanto sabía de tiempos difíciles, “hay que poner el mundo en pie de guerra, pero con la inteligencia”. 

Hoy, esa guerra se libra en cada surco, en cada litro de combustible que falta, en cada agricultor que amanece con las manos vacías. 

Guardar pan para mayo ya no basta, necesitamos oxígeno para sembrar,  porque sin energía, no hay soberanía alimentaria, y sin ella, el refrán se convierte en epitafio.

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