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24 nov 2025

Morirse en estos tiempos duele dos veces

En nuestro país, la tradición del velorio como un acto solemne de último adiós se mantiene en su esencia, lo que puede variar es el escenario, entre la funeraria y la vivienda según desee el familiar por diferentes circunstancias.

Hasta ahí todo funciona como debe ser según las normas, sin embargo a raíz de la compleja situación económica que vivimos, este momento de tristeza a sufrido modificaciones por el encarecimiento y escasez de muchos recursos.

Por ejemplo lo que era habitual y parte de la espera para despedir al difunto, era algún servicio gastronómico como café, o cigarros, pero ahora se torna difícil incluso para conseguir lo mínimo indispensable.

Y precisamente ese es el tema, la cosa es que morirse en estos tiempos duele dos veces, primero por la partida de un ser querido y segundo por la odisea que debe atravesar la familia antes, durante y hasta para darle sepultura.

Lo que en otros tiempos podía ser un trámite doloroso pero organizado, se ha convertido en una prueba que agrava ese momento difícil y prueba los límites de la resiliencia en las personas.

Sin embargo, detrás del proceso fúnebre y el consuelo de las condolencias, se encuentra un laberinto de corre corre y de incertidumbre que comienza en el instante mismo del fallecimiento.

El primer tropiezo, tan increíble como angustiante, es el ataúd, familias en Manzanillo cuentan de la espera de horas, en medio del dolor más lacerante, por la llegada de un féretro, y encima con una calidad, en el mejor de los casos, descrita como pésima.

La madera frágil, los acabados groseros y la sensación de que el último lecho no es digno, añaden una capa de amargura a la despedida.

Pero la odisea no hace más que empezar, lo que antaño era una carroza fúnebre, hoy puede ser cualquier cosa con ruedas; un camión, una guagua (bus), la carreta de un tractor o incluso el remolque de un auto.

Ello hace que el traslado del difunto al cementerio se transforme así en una imagen cruda de precariedad, un último viaje que refleja la crisis, de un transporte idóneo que no está y la severa escasez de combustible e insumos que limitan la producción estable de los elementos básicos, como las propias cajas mortuorias.

Ya una vez allí, en el lugar del descanso eterno, continúa el problema, faltan materiales de construcción como cemento, arena, o ladrillos que impide sellar nichos, tumbas o bóvedas con la dignidad y permanencia requeridas y que en muchos casos debe llevar la familia.

Y como si fuera poco se añade el descuido en el mantenimiento de los cementerios, lo que completa un cuadro de abandono que ofende a los vivos y a los muertos.

Este es un tema sensible, un asunto que, tarde o temprano, tocará a todas las familias, y aunque se conoce de esfuerzos y preocupaciones de las autoridades aun no son suficientes; el doloroso suceso que significa hoy morirse en Manzanillo como en muchas partes del país clama por acciones urgentes.

Se requiere redoblar esfuerzos, buscar alternativas, destinar recursos y, sobre todo, aplicar exigencias para que este calvario funerario se convierta, más temprano que tarde, en un mal recuerdo, para que el último adiós no sea, también, la primera pesadilla.