El Primero de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, no fue una fecha cualquiera en el tablero geopolítico.
Mientras las plazas cubanas se llenaban de una multitud que, a pesar del cansancio, de la escasez, y expresaba su sentir, el presidente estadounidense aprovechaba la efeméride para un ritual que ya se vuelve recurrente: ratificar sus pretensiones de tomar, agredir o invadir Cuba.
No importa la forma, sea con bombas inteligentes o con bloqueo implacable, la obsesión es la misma para doblegar al pueblo a su antojo.
Pero pongamos los pies sobre la tierra, o mejor, sobre el asfalto de cualquier esquina cubana, si esa locura descabellada se hiciera realidad, hay algo que el Pentágono no podrá comprar con miles de millones de dólares, y es la certeza de una victoria rápida.
Los muertos, hay que decirlo sin eufemismos, se contarían por miles, y aquí viene la primera gran paradoja: aunque hemos escuchado a algunos pocos que juran no defenderían a Cuba, la mayoría silenciosa, la que hace cola para el pan, juega dominó y empuja el carro del vecino, estaría en la primera línea de combate.
En una situación extrema, para la que hay que estar preparados y alertas, porque hasta los indecisos y aquellos que confunden el patriotismo con la sumisión tendrán que elegir.
Porque en una invasión, no quedan espacios grise, o eres una estadística fatal por quedarte en casa, o pasas al frente para proteger a tu familia.
Mientras unos se debaten entre seudoconceptos de una supuesta "libertad por invasión extranjera", la historia nos obliga a ser realistas.
En el supuesto éxito de la operación, un escenario que muchos analistas militares descartan ante la determinación local, las consecuencias serían devastadoras, no solo en el fragor del combate, sino en el espantoso proceso de posguerra.
No está de más recordar algo que cualquier manual de historia confirma, donde Estados Unidos impone la paz, primero pasa la maquinaria de la destrucción, ahí estan Irak, Libia, Afganistán, y muchos más, mire, compare y luego saque conclusiones.
Una invasión directa traería algo que ya conocemos pero multiplicado, apagones de días o meses, y todo lo que deriva de esa oscuridad.
Sin embargo, hay ingenuos que aún sueñan que una agresión bélica nos convertirá en Suiza o en un país desarrollado de la noche a la mañana.
Por favor, hagan el ejercicio ¿pueden nombrar un solo país en América Latina, intervenido o dominado por Estados Unidos, que hoy sea desarrollado?
Hablemos claro, la prostitución, aunque hoy existe en los márgenes, sería institucionalizada, el crimen organizado tomaría las calles con el narcotráfico, los secuestros y la extorsión como moneda corriente.
Los mercados, quizás, estarían llenos de alimentos, pero la gran pregunta que nadie responde ¿quién podría comprarlos con un salario destruido y una economía en escombros?
Hoy, y esto no es propaganda sino realidad cotidiana, un lujo que todavía disfrutamos es la seguridad. Eso cambiaría de inmediato con la introducción y el contrabando de armas.
Y sabemos lo que sigue, violencia replicada, miedo ciudadano y bandas armadas decidiendo quién vive y quién muere en cada barrio.
Muchos podrán no estar de acuerdo con el gobierno cubano, eso, de algún modo, se puede entender, pero lo que es realmente inaceptable es que otros coqueteen con la soberanía nacional, que se expresen como anexionistas colonialistas o simplemente como sumisos de una potencia extranjera, eso no es patriotismo disidente, es rendición anticipada.
También es importante recordar por qué se hizo la Revolución Cubana, su premisa era clara, el ser humano como fin y no como medio, pero el gobierno de Estados Unidos nunca la dejó desarrollar esas premisas.
¿Se imaginan este país sin el bloqueo? Es innegable que nos hubiéramos desarrollado como nadie en la región. Pero tantos años de acoso imperial nos han llevado a privaciones extremas, y a un índice de pobreza en aumento.
Esa división y confusión del pensamiento es el verdadero objetivo de la política de Donald Trump, que cínicamente ha dicho que Cuba está mal administrada mientras endurece las medidas de presión.
Y para reforzar ese relato, financian una amplia red de medios alternativos paralelos a los públicos, con un discurso periodístico que coincide en una crítica desmedida contra el Gobierno y sus principales figuras, en el llamado constante a la desobediencia y la incitación al odio.
Podríamos citar muchos ejemplos más, sobre todo conociendo cómo funcionan, con odio desmedido, muchos cubanos en Miami.
Pero hay una verdad final que no admite dudas: Cuba se va a defender hasta las últimas consecuencias, eso no lo dude nadie, porque existen hombres y mujeres de probado coraje que, por encima de diferencias, saben que la patria no se negocia.
Y ello es el único escenario que los estrategas de Washington nunca podrán calcular.
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